Construir
paralelismo en la historia, a veces es una buena fórmula que confirma la
ciclicidad de algunos puntos, dando herramientas para el análisis y por ende,
comprender fenómenos como la seguridad pública y las estrategias
gubernamentales para regresar la paz y el orden, temas que han sido el desafío
para los mexicanos en la última década.
Cuando Colombia se embarcó en
seguir con las estrategias prohibicionistas en torno al consumo de drogas, le
apostó a poder reducir su producción, distribución y consumo, que alcanzó
referencias internacionales, debido precisamente a que cooptados los mercados
internos por la vigilancia militar y policiaca, dejó poco espacio para seguir
explotando esta veta. En su lugar, la colaboración de productores locales con
narcotraficantes de otros países, incluidos los mexicanos, fue en aumento.
Es de reconocer que los
gobiernos de Andrés Pastrana, pasando por Álvaro Uribe en sus dos periodos y
luego Juan Manuel de los Santos, lograron sólo uno de los objetivos que se
propusieron, pero a muy largo plazo y con consecuencias tan elevadas que hoy en
día, Colombia no puede restituir el tejido social; sólo pudieron bajar la
criminalidad en gran escala, convirtiéndose en una victoria pírrica.
México, presionado por la
vecindad con Estados Unidos, le ha entrado a la misma dinámica, prescindiendo
de una solución que se postuló hace algunos ayeres durante el gobierno de
Lázaro Cárdenas y se ha hundido en los mismos resultados mediocres, a tal
grado, que la salida se sigue ponderando desde la perspectiva política, dejando
de lado totalmente cualquier alternativa en lo correspondiente a la salud
pública.
México sufre hoy ese mismo
fenómeno: ha desarticulado a casi todos los cárteles a los que ha golpeado en
sus líderes y finanzas, sin embargo, lentamente, como un destino impostergable,
ha provocado el surgimiento de pequeños grupos delincuenciales que se han
apropiado de espacios controlados, contrario a los primeros que se ubicaban en
estados completos.
Esta atomización está resultando
igual o más peligrosa, porque pasa un tiempo en lo que las autoridades detectan
y combaten, lapso en el cual ya se multiplicaron y reclutaron nuevos miembros.
El Estado de México, Michoacán y Morelos
son ejemplos de ello, donde el microterror se genera casi a la velocidad
de la luz, con la amenaza de extenderse a todo el país como sucede en Colombia,
donde estos grupos sustituyeron por completo a los antiguos y poderosos
cárteles.
Con más tentáculos, estos grupos
diversifican sus actividades y son difíciles de combatir por su dispersión y lo
elusivos, a la par de que su bajo perfil y la protección que reciben de parte
de autoridades locales, que lo hace más difícil de rastrear. El Edomex arde en este sentido; feminidios, secuestros,
violaciones, ejecuciones y una criminalidad que se refugia en la impunidad está
cerca de nosotros, aunque sabemos que
Hidalgo está blindado y con buenos esquemas, pero lo tenemos a un paso.
Mientras eso sucede en los
reinos de la terquedad, la transición se hace lentamente en otros lugares donde
han querido evitar esos ríos de sangre como Uruguay, que explora una ruta de
legalización, junto a algunos estados de la Unión Americana, que ya no quieren
saber de experiencias como las de Colombia y México.
Cuentas claras: La
armonización de las leyes electorales en Hidalgo en cuanto a lo que se refiere
a las candidaturas ciudadanas, logro que se apunta la administración olverista,
en particular, el secretario de Gobierno, Fernando Moctezuma, logró convocar a todos los partidos políticos
para esta nueva era de participación social.
Lo interesante es que esta apertura, logrará que ahora efectivamente
la gente elija a sus candidatos y no los que los partidos impongan, con lo que
habrá sorpresas en los comicios en pos de una democracia auténtica, no obstante
no deja de aparecer el fantasma de los recursos oscuros y manos “divinas” entre
los aspirantes sin partido como lo prevén algunos analistas, pero sin duda
serán los menos.
* Periodista, investigador y economista



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