Las críticas
en contra del panismo trasnochador, juergista y presto a hacer uso de favores
sexuales pagados, se han quedado cortas respecto a la vieja discusión de
siempre: que un político su vida privada debe quedar en sigilo, protegida por
el secreto, porque al parecer, lo que los panistas y sus detractores quieren es
confundir a la opinión pública sobre ello, poniendo distancia con su vida
pública. El juego de lo público y lo privado los ha superado.
Señalar que lo que pasó con el
ex coordinador panista Luis Alberto Villareal y los otros panistas que fueron
grabados en una fiesta tan intensa como relajada en Cancún, que se nos dice, no
es materia del escrutinio público, es un error. Por el contrario, al panismo,
ese mismo que se ha erigido como brazo político del catolicismo y su moral de
cartón, se le puede exigir todavía más porque se supone que deben ser un
ejemplo en todo sentido.
Al remitirnos a los documentos
básicos de Acción Nacional, hemos escuchado hasta el hartazgo que están a favor
de “la defensa de la dignidad humana”, que en términos más rasos, es que son
promotores escrupulosos del respeto de hombres, mujeres y niños. Pues, bien, lo
que estaban haciendo al toquetear y tener relaciones sexuales a cambio de
dinero con varias mujeres, presuntamente prostitutas, es participar activamente
en un problema de comercio sexual y trata de personas, desde la esfera del
consumo y no sólo un inocente juego adulto.
Porque seguramente los panistas,
esos émulos de “Pancho Cachondo”, aquel ex legislador capitalino del PAN que
era fotografiado una y otra vez en centros nocturnos por su amor a esta vida,
no saben las condiciones en que esas mujeres a las que les pagaron por las
caricias, llegaron a ese trabajo. Ahora bien, siendo legisladores, tenían la
obligación, tanto moral, como política, de que al conocer la actividad a la que
se dedican las féminas o hacer algo por ayudarlas, pero no para perpetuar su
condición.
Pero Villareal y los demás panistas,
que ahora sabemos, recurren habitualmente al uso de sexoservidoras, no sienten
el menor reparo por sus acciones, no defienden ninguna “dignidad”, y además,
esos creyentes fieles en instituciones como el matrimonio y la fidelidad, son
los primeros en traicionarlas, por lo que no pueden tener ningún valor sus
palabras como políticos cuando no respetan ni sus frágiles y despreciados
valores.
El asunto, políticamente, se
lanza al olvido con la sustitución de Villareal en la coordinación panista en
la Cámara de Diputados, cuando debería ser motivo de una exhaustiva
investigación como sugiere Álvaro Delgado, porque se trata de personajes
públicos, en cuya festividad se presume el uso de recursos públicos y hasta la
fecha el asunto no ha sido zanjado de manera satisfactoria ni en esta
vertiente, ni menos en la moral, la más dañada.
Pero si regresamos a la peculiar
moral panista, los integrantes de este partido se autodefinen personas
íntegras, lo que sabemos, es una falsedad tan sólo al ver los innumerables
casos de corrupción durante el foxismo y el calderonismo, pero su honorabilidad
resulta también maltratada al ser exhibidos como entregados sirvientes de Baco
y de diversos vicios. Otra vez, no hay coherencia entre el discurso y la
realidad. En Hidalgo, los panistas locales son igual a estos y son vistos en
bares, centros nocturnos y diversos lugares de ruindad humana.
Los herederos de la Quinta
Columna Nazi en México nos quieren a venir con cuentos chinos en
comportamiento, cuando bien sabemos que no son capaces de pasar la prueba más
elemental, que es el respeto por sí mismos y los demás, así como la honestidad.
Sólo saben de moral, cuando se trata de los demás y de asuntos como el aborto o
las drogas que sirven para ganar votos o sembrar el terror, pero hemos visto
que no es más que demagogia pura.
Cuentas claras:El
movimiento ciudadano iniciado en el norte del país y del que se desprende
visiblemente la figura de Gilberto Lozano, sigue ganando seguidores ante la
probada ineptitud de los políticos en México y el lastre en que se han
convertido los partidos para el avance social solapada bajo formas
transfiguradas de la democracia. Sin embargo, es de advertirse que la política,
como forma de gestión de necesidades, tiene rescate, pero no bajo la actual
forma, envilecida en potencia, ante lo cual es necesario el desmarque, pero no
su cancelación. Hay que voltear en el pasado inmediato de un ex candidato
presidencial que despreciaba la política y acabó por estar dentro de ella y lo
peor, practicando sus peores formas.



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